Y así fue como morí

Posted on abril 1, 2008. Filed under: historias cualquieras | Etiquetas: , , , |

Regresaba hace un rato de la casa de Maricarmen, comenzó la odisea con uno de los cursos más trabajosos de este ciclo, si es que no es el más trabajoso ya mismo. Venía con los audífonos puestos, caminaba por una desolada y tranquila calle en dirección a mi casa. Para variar, un poco sorda por exponerme más de una hora diaria con el volumen casi al máximo, y para variar necia, seguía con el volumen altísimo. No me di cuenta de la mototaxi que ingresaba por la vía auxiliar y me envistió. Morí. A mis 21 años pensé que aún había esperanza  de cielo, pensé que mis acciones buenas en vida compensarían todo lo caca que pude ser.

Pero no.

Llegué al infierno, no con Virgilio, sola. Era como mi cuarto en Piura. Tenía la misma decoración, tenía mi laptop vieja, incluso tenía un bidón con agua. Cuando quise intentar aplacar la sed, literalmente, infernal que tenía, cogí la taza blanca con celeste, que también conservaba  en mi cuarto del infierno, y me serví un poco, salieron burbujas y vapor en cuanto me serví un poco de agua, ésta se reventó al segundo. Me quemé los pies. No sólo tenía ampollas formadas por el agua que cayó sobre ambos, sino también en las plantas, el piso cada vez estaba más caliente.

Encontré un ventilador y me pareció increíble, lo prendí y se formó un tornado en mi cuarto, el tornado convirtió todas las ráfagas de viento en una cachetada caliente. El infierno en verdad quemaba.

En vida fui calurosa, pensé que de muerta ya no sentiría lo mismo, pensé que estaría helada, que sólo mi alma se quemaría. Pero se quemaba mi alma y mi cuerpecito entero. El sudor corría por mi cara de puñete, tenía que arrugar los ojos para ayudar a mis párpados y a mis pestañas a evitar la entrada de esos gotones de líquido ácido que emanaban de mis glándulas sudoríparas.

Estaba melosa, húmeda, mareada, no podía respirar. Salí de la pequeña guarida que era identikid de mi 3 x 4 en mi vida en la tierra, en aquella tierra que yo pensaba que era el infierno. Un chancay de a 20. De infierno nada. Ahora estoy en el infierno y sé lo que se siente. Casi no se siente. Estoy jodidamente muerta.

Me resigné, me tiré en la cama, mi cuerpo se iba hundiendo y dejando el colchón cada vez más cóncavo, por lo menos no era una espuma, eso se hubiera adherido a mi piel. Me pregunté cuánto tiempo más duraría esto. Aparecieron unos desagradables bichos negros que al contacto con un pie asesino soltaban mismos zorrillos, así tipo fefelefú, un olor fétido, mierdoso, asqueroso. A pesar del mini tornado que se formaba cada que prendía el ventilador, lo prendí, necesitaba que el hueco ese que me albergaría fácil varios siglos, no apestara más de lo que ya apestaba, una mezcla de algarroba húmeda, calles con problemas de alcantarillado, más el bicho azorrillado, hediondo total. Cogí un fósforo, lo prendí, nada. Apestaba.

El suelo parecía hervir, me asomé al balcón, la gente estaba tirada en los jardines secos del condominio. Pedían agua. Mis labios estaban asquerosamente partidos, al pasar la lengua por ellos sentí las costras de resequedad,  tenían un sabor salado, era la sangre de las heridas abiertas. Me ardía el estómago. Me abracé la barriga, me doblé un poco de dolor, estaba más mareada. El ambiente no dejaría de estar caliente jamás, mis teorías de adaptación o de acostumbramiento no funcionaban, ya llevaba un día entero. El calor se sentía más y más. De pronto vi lucecitas, todo oscureció y me desmayé.

 

Abrí los ojos, parpadeé. Vi un ventilador girar en el techo, miré por la ventana y estaba en el mismo lugar, puse cara de compungida, esperaba sentir el vaho caliente impactando contra mi rostro. No sentía nada. ¿Estaba más muerta que muerta? ¿Me volví un ente infernal más?

Al salir de la habitación en la que estaba, vi a aquellos que se arrastraban en el jardín antes de desmayarme, el calor ya no era tan abrumante, a pesar de las ampollas en mis pies podía caminar. Esos seres en el jardín ya no daban lástima, parecían sufrir pero su congoja no me afectaba, ahora yo era una más de ellos. Cada uno se fue levantando, ninguno se percataba de la existencia del otro, se paraban cual espectros y caminaban desgarbados, yo pasé entre ellos y seguí mi camino, atravecé una reja incandescente y me perdí entre bosques secos.  Bienvenida al infierno, pensé.

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    Un fortín en la azotea, una casa en el árbol, una habitación en un 3er piso, un huequito en la web.

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